Primera persona del singular

La curva del COVID-19 prosigue su descenso paulatino, las UCI de los hospitales van deshaciéndose de su halo de horror y los gobiernos abren la mano en las medidas de confinamiento para dar un respiro a la población. Después de dos meses doblegados por la pandemia, mientras nos sacudimos aún el dolor de la bofetada, surge un interrogante inevitable: ¿saldremos igual de ésta o seremos mejores? ¿Veremos el esperado cambio que nuestra sociedad demanda, o todo seguirá como antes y no aprenderemos los errores del pasado?

Entre los gurús de la opinión y los usuarios de las redes el debate se juega a una carta: o todo o nada. O blanco o negro. Hace unos días, el periódico El País publicaba un interesante artículo en el que explicaba que, si bien tendemos a ser optimistas en el plano individual, nos aqueja el pesimismo al pensar en colectivo. ¿Qué es más realista, ser positivo u optar por el desengaño? La historia no invita al entusiasmo: está claro que la gripe española no hizo mejores a los hombre de la primera mitad del siglo XX.

La respuesta la encontré el otro día de la mano del genio Terrence Malick. Su última película, Vida oculta, es un canto a la conciencia. Y demuestra que, frente al horror, la respuesta global no es la clave. La masa no sirve más que para equivocarse. La cuenta hay que sacarla uno a uno. Son las personas individuales quienes deben hacer un ejercicio de reflexión y pensamiento crítico, y aprender las lecciones que nos enseñan acontecimientos como el vivido. Seremos mejores si yo soy mejor. Y quizá no seremos mejores así, en conjunto pero, ¿quién dice que eso sea lo decisivo? No dejemos la solución en manos de la clase política. Nunca ha dado buenos resultados señalar al de enfrente. Remito a las frases de George Eliot con las que el cineasta concluye el film.

Hay un hecho que personalmente me mueve a ver el vaso medio lleno. Aunque no sea el fruto de una elección consciente, esta crisis nos ha hecho por fuerza más agradecidos, pues nos ha llevado a valorar cosas a las que antes no dábamos mayor aprecio. Por una vez no seamos animales de costumbres.

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