El adiós de Montaner

El diario “El Independiente” ha publicado, con fecha del 3 de julio, la despedida del escritor, periodista y disidente cubano Carlos Alberto Montaner, que regresó recientemente a la capital de España -donde había vivido 40 años- para solicitar la eutanasia ante el avance, rápido e imperdonable, de una enfermedad degenerativa. En su último artículo aplaude tener la posibilidad de elegir una muerte “libre y digna”, y alaba al gobierno de España por aprobar en marzo de 2021 una ley sobre la muerte asistida.

Montaner ha sido una persona con un amplio reconocimiento en el mundo de la cultura y la intelectualidad. Se ha marchado rodeado de sus seres más queridos, acompañado de su esposa Linda, su “adorada mujer en las duras y en las maduras”. Ha pasado sus últimos días en su vivienda en Madrid –“la ciudad que amo”-, situada junto al Parque de El Retiro. Su adiós tiene todas las notas de un “The End” sereno, sin amargura. Y, sin embargo, tras leer sus palabras, me invade una extraña sensación de fracaso.

Sin entrar en valoraciones morales sobre la decisión de Montaner, hay un pensamiento que se me impone: mientras haya un ser humano que elija, en un uso pleno y consciente de sus facultades, poner fin a su vida -así, sin adjetivos-, no puedo evitar considerar que en algo estamos fallando como sociedad.

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