Lección de un yogur helado

Es una lección que espero no olvidar nunca. Me la dio un turista, hace unos años, en una terraza del centro de Atenas. Era el día anterior a mi partida, tras participar en un proyecto de voluntariado en la capital helena.

Había pasado 10 días del mes de julio visitando a ancianos en un asilo y a niñas con necesidades especiales, pintando con brocha gorda bajo un sol de justicia, planchado montañas de sábanas, sirviendo centenares de almuerzos en un comedor de Cáritas y viendo cómo me quitaban de las manos, como si se tratara de alta costura, prendas de segunda mano que se distribuían en un ropero. Me sentía satisfecha, cansada pero contenta y, por qué no reconocerlo, pagada de mí misma por haber invertido mis vacaciones en ayudar a otros.

Eran alrededor de las cinco o las seis de la tarde y hacía calor. Estaba con otra voluntaria y nos tomábamos, por fin, un merecido descanso: ella saboreaba un yogur helado, y yo, un café frío con mucha espuma.

Sin previo aviso, una figura molesta se situó a nuestro lado. Una niña de rasgos morenos reclamaba nuestra atención, mientras pulsaba con acierto pero sin alma las teclas de un acordeón que apoyaba contra su busto.

Moví la cabeza con un gesto negativo; apenas me atreví a levantar la mirada. “Este sería el tercer donativo que doy esta semana”, justifiqué en mi interior. “Además, a saber a qué red de mafia estaría alimentando, porque me imagino que esta pobre no va a quedarse con él.”. La pequeña, sin rendirse, se acercó entonces a tres jóvenes norteamericanas que, en una mesa vecina, se entretenían con sus teléfonos móviles. Tampoco en esta ocasión su reclamo obtuvo una respuesta exitosa.

Mi amiga y yo continuamos la conversación en el punto donde había sido interrumpida. A los cinco minutos, una familia ocupó la mesa situada a nuestra izquierda. Deduje que eran turistas, pues hablaban francés. Se trataba de un padre con tres hijos. ¿Tres? No, eran dos. La tercera era la pequeña cíngara. Había sustituido su instrumento musical por una gran tarrina de yogur helado.

Los cuatro se sentaron, y los tres niños comenzaron a degustar su rica merienda. El hombre, que sostenía el acordeón en su regazo, tocaba las notas musicales con expresión divertida. Todas las palabras me resultan pobres para describir la cara de felicidad de la pequeña, disfrutando de su festín helado junto a sus nuevos amigos. Cada una de sus facciones sonreía.

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