El día 24 de diciembre tuve el enorme privilegio de participar en la ceremonia de apertura de la puerta santa y en la Misa de Nochebuena en la basílica de San Pedro. Desde la grada de los periodistas se tenía una vista del espléndido templo con el baldaquino y la cátedra de Bernini recién restaurados. Delante de nosotros se situaban los cardenales, obispos y sacerdotes concelebrantes.
Poco antes de que empezara la Misa, delante de la grada de los periodistas, los encargados del servicio de orden colocaron unas sillas y llegaron tres religiosas que ocuparon esos puestos. Unos de los guardas de la basílica, dicharachero y simpático, me explicó que esas monjas son las que se ocupan de lavar y planchar los lienzos que utilizan los sacerdotes. Todos las saludaban con gran afecto y reverencia, especialmente a la más anciana de las tres.
Cuando el pasado 7 de enero se hizo público el nombramiento de Simona Brambilla, misionera de la Consolata, como prefecta del Dicasterio para la Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, la noticia despertó reacciones muy diversas, que fueron desde el entusiasmo triunfante al rechazo frontal.

Los medios de comunicación, en especial los medios católicos de distinta tendencia, han sido estas semanas el escenario de una discusión sine fine sobre el código de Derecho Canónico, el munus regendi asociado al sacerdocio, la jerarquía eclesiástica, la potestad del Papa o el papel de la mujer en la Iglesia.
No desearía entrar en el meollo de la cuestión ni en el procedimiento que se ha seguido para el nombramiento de Brambilla porque no soy canonista y no me siento autorizada para opinar (aunque tenga mi propia opinión sobre el asunto). Pero no me cabe duda de que es necesaria una mayor presencia femenina en la Iglesia, también en puestos de responsabilidad. Mujeres que puedan aportar una visión y una sensibilidad en la toma de decisiones, más allá de tareas como el lavado y el planchado, siendo estas merecedoras de todo el respeto.
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