Mi padre todavía no le perdona a Bob Dylan que rompiera el corazón de Joan Baez. Aunque a él, en sus años de universidad, cuando se ganaba sus ahorrillos cantando y tocando la guitarra de tournée por los pueblos de Navarra, sus amigos lo rebautizaron como “Candylan”, en una ingeniosa fusión de apellidos con el de Minnesota.

Tiene una voz preciosa y con ella conquistó a más de una chica, pero los escenarios, en una incipiente carrera artística, no son compatibles con un proyecto de vida en común que aspira a perdurar más allá del humeante dardo erótico. Y menos aún, como le aconteció a él con el pasar del tiempo, con alimentar a cinco retoños.
También es un hecho comprobado -y aquí su éxito frustrado adquiere tintes de tragedia griega- que la musa Euterpe no suele sonreír a los calvos. ¿Qué otro pelado fuera de Phil Collins ha alcanzado el Olimpo de la música? Y, todo sea dicho, Phil triunfó cuando todavía peinaba una (exigua, pero real) cabellera.

Mi padre ha seguido componiendo y cantando, como aficionado, y ha tocado la guitarra, aunque desde hace un par de años nos dice que tiene el meñique izquierdo tieso por la artrosis y se resiste a seguir amenizando a la familia con villancicos en la Nochebuena. Ahora, gracias a la película “A complete unkonwn”, mis hermanos y yo hemos descubierto por qué en mi casa, entre la marimorena y los peces en el río, todos los años se canta a coro el “Wimoweh”.
No somos del todo conscientes de hasta qué punto nuestras biografías están marcadas por los gustos y vivencias de nuestros mayores. En mi caso, considero un privilegio haber sido educada bajo la influencia del oído musical de Candylan. Puedo presumir de haber recorrido la A-1, ida y vuelta, escuchando a Joan Baez, The Beatles, Ray Charles, Elton John, Billy Joel, Eric Clapton, Simon & Garfunkel, Jackson Browne, The Mamas & the Papas o -sin despreciar los ritmos latinos- el “Mi tierra” de Gloria Estefan. Es algo que imprime carácter desde la más tierna infancia. Que nos perdone Julio Iglesias, pero su “Hey!” habría estado de más en nuestra Chrysler Voyager.
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