Según el Wrapped 2025 de Spotify, mis gustos musicales revelan que desciendo en grado uno y por línea directa de Matusalén, el abuelo de Noé. Puede que Spoti tenga razón, pero no reniego de ninguno de ellos a pesar de que supuestamente dupliquen o tripliquen mi edad.
Hay artistas que este año han aterrizado en mi vida por carambola y otros que han resucitado tras un tiempo en el olvido. Hay quienes han llegado para quedarse y quienes son el fruto de un estado de ánimo pasajero. Pero detrás de cada canción reside una historia y un porqué, una persona o un episodio biográfico. Y todas han marcado de algún modo los que probablemente hayan sido los doce meses consecutivos más surrealistas de mi existencia.

Enero empezó fuerte. Perdí a una persona muy querida. No recuerdo que ese mes haya tenido un acompañamiento musical, aunque seguramente lo habrá hecho. Sólo ha quedado un gran silencio.
En febrero oí hablar de Xavier Cugat y su “Perfidia” en versión orquestal, y de repente me vi transportada unos 60 o 70 años al pasado. El señor Cugat me llevó como de la mano a una banda sonora muy particular (sí, por fin vi “In the mood for love”) y todo degeneró, sin comerlo ni beberlo, en un bucle infinito protagonizado por Los Panchos y Eydie Gorme. Lo admito con notable rubor y evidencia rendida: ya no hay canciones de amor como las de antes.
Quizá como un modo de defensa personal, o porque marzo con su día 8 lo propició, reaccioné al trío mexicano y su acompañante vocal con dos mujeres únicas: Mon Laferte y Rigoberta Bandini. Fue el modo de auto recordarme que pertenezco a la generación millennial, aunque empiece sin remedio a peinar canas.
Por si el algoritmo todavía no se había vuelto loco, cada lunes me ha acompañado una playlist con grandes hitos de la ópera, mientras hacía mis pinitos en la cinta corredora. Nada mejor que empezar a entonarse con Maria Callas cantando “Casta Diva” de Norma y pocos finales más gloriosos que Luciano Pavarotti y su “Nessun Dorma” de Turandot para el último sprint antes de entregar el higadillo: “All’alba vinceròòòòò!”.

Un biopic cinematográfico, “A complete unknown”, es el culpable de que en junio el gran Bob Dylan volviera a mí en las plataformas de audio, en especial su insultante “It ain’t me babe”. Siguiendo con la vista atrás y la naftalina, pero esta vez en versión patria, Mocedades hizo una fuerte irrupción antes del verano. No cualquier Mocedades, sino el original, el de la voz única de Amaya con sus mejores éxitos, sus polifonías vocales y sus letras, que navegan entre el verso poético, la nostalgia canaglia y algún que otro guiño de erotismo casi ingenuo.
Y un año más ha estado presente en mis viajes el folclore latinoamericano, con acento salteño, en una lista de reproducción que conservo como un tesoro precioso. Desde aquí un enorme “gracias” a mis comadres argentinas, que sin sospecharlo me han dado tanto.
La lectura del libro “El español que enamoró al mundo”, me llevó a tener mis escarceos musicales con Julio Iglesias -precisamente en el mes del mismo nombre-, aunque en mi casa siempre hemos sido más de Serrat. Pero Joan Manuel no cantó nunca en italiano -al menos que yo sepa- y Julio por el contrario tiene singles maravillosos como “Se mi lasci non vale”, que me vino al pelo para mi último verano en las costas de Latina y, sobre todo, me acompañó mientras hacía mi equipaje (ah, “la valigia sul letto, quella di un lungo viaggio”) antes de volver a la madre patria. Retorno que estuvo acompañado en agosto de una playlist a la que puse por título “Despedida” y que supuso un harakiri sentimental sin paliativos, con clásicos como “Arrivederci Roma”.

Regresar a tu país después de 15 años no es peccata minuta y, como necesitaba ponerle banda sonora, una canción algo ñoña se me coló entre el esternón y las vértebras torácicas. Me avergüenza reconocerlo, pero me dio fuerte con “Querida yo” de Camilo y Yami Safdie. Al menos Yami tuvo el mérito de devolverme al año 2025 después de Jesucristo gracias a su estética, sus letras de GenZ y su bonita voz.
Fue un regalo que una amiga me descubriera en septiembre una balada titulada “Grecia”, de la colombiana Elsa y Elmar. El videoclip roza el patetismo, pero la voz de Elsa, la letra y la serena melodía palian cualquier deficiencia. Ella y Silvana Estrada me han escoltado en mis recorridos en metro en esta «nueva-vieja» (como un revival) andanza madrileña.
Si hay un descubrimiento musical que resume como ningún otro mi año -y que es seguramente el culpable de mi vinculación con el anciano antediluviano- es el “Vogliatemi bene” de Madama Butterfly. Mientras la disfrutaba de nuevo hace poco, rondó por mi cabeza el pensamiento de que haber vivido tres lustros en Italia es un don sólo por escuchar óperas como esta y comprender la letra. Algo que seguramente nunca me ocurrirá con Wagner.
Soy ese tipo de persona que tiene una playlist titulada “Noviembre” para ponerme en bucle la misa de Réquiem en gregoriano al llegar el mes de los difuntos. Y tengo otras tres para diciembre: “Navidad pop” más villancicos en inglés y en castellano. ¿Por qué no hacer dialogar a Mariah Carey con el coro del King’s College de Cambridge y a Wham! con el Cancionero de Upsala?
Wrapped 2025: ese batiburrillo de fatigosa digestión. Ya me lo advirtieron los suecos para curarse en salud: “Un gusto como el tuyo no es fácil de definir”. ¿Quién sabe? Quizá la música que escuchamos sea el reflejo hacia fuera, en forma de lírica y acordes, de nuestras contradicciones interiores.
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