Me encanta celebrar el 8 de marzo. Me hace muy feliz que el calendario dedique una jornada a honrar a las mujeres y a recordar las tareas pendientes que nuestra sociedad tiene para alcanzar una igualdad real de trato y oportunidades entre los dos sexos. A la vez, la lucha feminista está hoy atravesada de paradojas que pueden resultar desconcertantes e incluso escandalosas. Al menos así lo hemos presenciado en los últimos meses de 2024.

Mientras nos han sobrecogido y espantado historias como la de la francesa Gisèle Pelicot, nos hemos tragado -sin que se nos mueva un pelo- que la británica Lily Phillips, a sus 23 años, haya batido un récord por acostarse con 100 hombres en un sólo día. En el primer caso es violación y un abuso terrible. Pelicot fue drogada durante años por su marido, quien la ofrecía como mercancía a otros hombres para tener relaciones con ella mientras estaba inconsciente. En el segundo, lo llamamos empoderamiento y liberación sexual. ¿La diferencia?
Dejemos a un lado, por un momento, el «archinombrado» consentimiento y centrémonos en los hechos: en las dos situaciones el cuerpo de una mujer ha sido utilizado como instrumento para el disfrute sexual de decenas de hombres. La primera no lo sabía, la segunda sí. En ambos casos ha habido una explotación con fines económicos, pero en uno el dinero iba a parar a la cuenta del marido de Gisèle, mientras que en el otro a la de Lily (sin contar la comisión que se cobra la plataforma Only Fans por la promoción de la joven).
No dudo en calificar de sofista una argumentación según la cual la diferencia entre violación y empoderamiento penda únicamente de la aceptación de la mujer. Me niego a reconocer que un ejemplo sea abuso y el otro no, cuando en los dos la acción es objetiva e igualmente denigrante. Y hasta que no seamos capaces de poner el grito en el cielo contra esta explotación secular de nuestros cuerpos, todos los avances en derechos que se han logrado en el último siglo y medio quedarán en papel mojado.
Phillips y la confraternidad de “fanáticas” digitales se equivocan: consentir en tener sexo con fines económicos no las empodera; las degrada doblemente. Y con ellas, arrastran a muchas otras mujeres que, como Gisèle, son en todo el mundo víctimas de una cultura en la que ella sigue siendo una máquina para el uso y disfrute del varón. ¿Pelicot no, Only Fans sí? Hechos como estos demuestran que legislar basándose únicamente en el consentimiento encierra una falacia.
Deja un comentario