Una amiga del colegio ha creado un grupo de WhatsApp y lo ha llamado “La cuarta planta”. Cuando lo he leído, se me han abierto mucho los ojos: en la clínica de la Universidad de Navarra ese es el piso destinado a los pacientes de Psiquiatría, y por un momento me he sobresaltado. Me ha llevado unos segundos comprender a qué se refería mi amiga con semejante nombre: nacimos allá por 1986 y este año -quien antes, quien después- llegaremos sin remedio a las 40 primaveras.
Puedo afirmar de mi generación que somos una hornada de supervivientes. Aseveración que se fundamenta en un hecho irrefutable: mi madre andaba entre el tercer y el cuarto mes de embarazo cuando tuvo lugar la catástrofe en la central nuclear de Chernóbil. No deseo ser alarmista ni se trata de atar cabos sin sentido, pero todas las desgracias de mi vida las atribuyo a esta triste coincidencia y a las consecuencias fatales de la radiación, que afectaron a varios países de Europa.
Me gusta mucho tener 39 años. Se trata de una cifra que ha resultado decisiva en ciertas biografías ilustres. A esa edad, Teresa de Ahumada derramó lágrimas de sus ojos ante la imagen de un Cristo muy llagado. Aquella fue su conversión definitiva y el comienzo de la reforma religiosa del Carmelo que, más allá de sí misma, tuvo una enorme influencia para la Iglesia de su tiempo y para incontables almas de los siglos venideros, en España y fuera de sus fronteras.

Otro cambio de vida, más discreto, casi insinuado, pero también luminoso, lo protagonizó en el umbral de los 40 el capitán Charles Ryder, protagonista de la novela “Retorno a Brideshead”, de Evelyn Waugh. El libro arranca en uno de sus primeros párrafos con estas palabras: “Aquí, a la edad de 39 años, empecé a envejecer”. Y es ese sentimiento de ocaso y de desafección hacia la vida militar, el que despierta en Ryder un hastío que da lugar a la memoria y el asentimiento confiado.
El tercer ejemplo, también literario, lo tenemos en Dante Alighieri. Son célebres los versos con los que el florentino da inicio a la “Divina Comedia”: “En medio del camino de nuestra vida, me encontré en una selva oscura, por haberme apartado del camino recto”. “Nel mezzo del cammin di nostra vita…”; afirman los estudiosos que cuando Dante empezó a escribir el primer libro de su ópera magna, dedicado al infierno, rondaba los 39 años.
El poeta describe la situación vital en que se halla como una negra maleza, desviado de la senda. Aunque han pasado dos décadas, todavía palpita en su alma el recuerdo del amor de la juventud. Es una época de transición, en la que se tiene consciencia del camino andado -ya sin retorno-, y se atisba un futuro que el avance de cronos hace menos prometedor. Y aun con todo, se hacen las paces con el pasado, los errores se tornan en aprendizaje, la experiencia en sabiduría y se pregusta el sabor del fruto maduro.
Dante juntó los versos iniciales de la Divina Comedia en los albores de “la cuarta planta” y recuerdo haber leído que Amancio Ortega inauguró la primera tienda de Zara en La Coruña a la edad de… ¿adivinen? 39 años. Todavía me quedan unos meses para subir a un nuevo piso. Me auto auguro que estos ejemplos sean para mí inspiración y aliciente. La mitad del camino de la vida es sólo eso, la mitad. Que se lo digan a Teresa o a Amancio.
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