«Con Roma sólo puede tenerse una relación de supervivencia». Este pensamiento afloró en mi corazón hace unos cuatro meses, cuando iba en el tren suburbano que une la capital con Viterbo, a la altura de Grottarossa. Fue algo así como una conclusión reveladora, a la que respondí con media sonrisa y asentimiento resignado. A través de los cristales, opacados por los grafitis y la suciedad acumulada, se divisaban a duras penas los verdes campos de la campiña romana en primavera. Quizá esta imagen sea la que mejor condensa lo que pretendo expresar en las siguientes líneas.
Dentro de poco se cumplirá un año de mi partida de la Ciudad Eterna, que ha sido para mí casa durante tres lustros, y en estos días los recuerdos teñidos de un tono nostálgico me traen de nuevo la frase, al igual que las olas del mar devuelven a la orilla todo aquello que alberga la superficie de las aguas. Lo dicho: «con Roma sólo puede tenerse una relación de supervivencia».
Era finales de marzo y el trenino se acercaba al terreno que en tiempo imperial fuera la Villa de Livia, mujer de Octavio Augusto. Me dirigía al cementerio de Prima Porta, para visitar la tumba de un familiar muy querido, que había fallecido en enero de 2025, unos meses antes de poner fin a mi largo soggiorno romano, en agosto de ese mismo año. No había vuelto a Italia desde entonces. Se trataba de mi primer viaje de regreso a la caput mundi.

Cuando uno vive en Roma, me dije, hay que sobrevivir: al caos del tráfico en el centro y en las circunvalaciones que rodean a la ciudad, a los días de lluvia en que parece recrearse el diluvio y se cae el cielo, al fallido sistema de recogida de basuras y asfaltado, a los miles de turistas que como invasores bárbaros recorren sin descanso sus estrechas callejuelas, o al transporte público que te mantiene en un estado de perpetua incerteza acerca de tu destino próximo.
Y entonces entendí con claridad meridiana que, una vez que te has marchado -en mi caso, de vuelta a la madre patria-, no pierdes el estatus de superviviente: porque la providencia (o el destino, o quién sea que queramos invocar) ha tenido a bien permitirte vivir durante un tiempo rodeado de la belleza inmortal de una urbe única en el mundo, y una vez que esa bendición te es arrebatada, toca continuar, pero ya nada -empezando por ti mismo- será como antes de Roma. Aunque no hayas nacido allí, te sientes en cierto modo heredero de su grandeza, además de víctima de su miseria.

Algo parecido debieron experimentar los argonautas cuando sonó el despertador el primer lunes después de haber desembarcado del navío, una vez finalizada su travesía en pos del vellocino de oro. Grecia seguía su loca carrera, los hombres continuaban aferrados a sus disputas y negocios vanos, y uno mismo se sabía no mejor que todos ellos. Pero sus ojos guardaban la memoria de lo vivido. El verso con que Lope culmina su soneto acerca del amor sirve también aquí como epílogo: quien lo probó, lo sabe.
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